
¿Qué dejamos fuera cuando decimos que un país es fotogénico?
En una conferencia sobre Bután, una de las personas ponentes lo definió como «un país muy fotogénico». La frase se dijo como un elogio, pero a mí me hizo pensar.
No he viajado a Bután. Precisamente por eso me pregunté qué estaba describiendo aquella expresión. Decir que un país es fotogénico habla menos del país que de nuestra manera de mirarlo: de qué paisajes, edificios o escenas encajan en nuestra idea de una imagen atractiva.
Eso no explica cómo vive la población, qué complejidades atraviesa el territorio ni qué relaciones podríamos establecer durante el viaje. Explica, sobre todo, qué parte del lugar resulta fácil convertir en una fotografía que responde a nuestra idea de belleza.
Yo hago fotos cuando viajo. También tengo imágenes de monumentos conocidos y he buscado el mismo encuadre que miles de personas antes que yo. No creo que haya nada malo en querer conservar una fotografía bonita. Pero sí me interesa preguntarme qué ocurre cuando la imagen deja de acompañar el viaje y empieza a dirigirlo.
Las imágenes condicionan el viaje antes de llegar
Antes de llegar a Machu Picchu, Times Square, la Torre Eiffel o el Perito Moreno ya sabemos más o menos qué aspecto tienen. Los hemos visto en películas, anuncios, guías, documentales y redes sociales. No llegamos con una mirada completamente nueva: llegamos reconociendo imágenes.
Esas imágenes no solo muestran un lugar. También contribuyen a decidir qué parte debe representarlo, qué merece ser visto y desde dónde deberíamos fotografiarlo. Hoy esa representación se construye entre organismos turísticos, empresas, medios, influencers y visitantes que publicamos nuestras propias versiones.
Las redes no inventaron esta forma de mirar, pero han aumentado su velocidad y su alcance. Podemos ver centenares de versiones casi idénticas de un lugar antes de visitarlo. Cuando finalmente llegamos, a veces no sentimos que estamos descubriendo algo, sino que estamos confirmando una imagen conocida.
La obligación de hacer «LA» foto

En Machu Picchu no queremos únicamente una fotografía del conjunto arqueológico. Muchas veces queremos nuestra versión de «LA foto de Machu Picchu»: desde el punto reconocible, con las montañas al fondo y, a ser posible, sin demasiadas personas alrededor.
Algo parecido sucede en Santorini, ante la Torre Eiffel o junto a las letras de la playa de la Malagueta. Hay imágenes que funcionan casi como una prueba de que hemos estado allí. Podemos disfrutar del lugar y fotografiarlo, pero también sentir que marcharnos sin esa foto dejaría el viaje incompleto.
Yo también he buscado esos encuadres. Repetir una imagen conocida no convierte a nadie en un viajero superficial. La pregunta aparece cuando dedicamos más atención a reproducirla que a observar lo que ocurre alrededor.
¿Queremos una fotografía del lugar o queremos demostrar que conseguimos la fotografía que ya habíamos visto?
Las fotografías también construyen expectativas
Antes de visitar las pirámides de Guiza, las había visto innumerables veces recortadas contra el cielo y rodeadas de arena. Por eso me sorprendió descubrir que no están aisladas en mitad del desierto, como tantas fotografías hacen pensar, sino junto a la enorme extensión urbana de El Cairo.
Las pirámides de aquellas imágenes eran reales. Lo que no aparecía era la ciudad: los edificios, las carreteras, el tráfico y una población inmensa viviendo muy cerca. Bastaba con orientar la cámara hacia un lado para conservar la postal que todos reconocemos y hacia el contrario para obtener una imagen completamente distinta.
Una fotografía no tiene que ser falsa para crear una expectativa incompleta. El encuadre puede eliminar aquello que contradice la imagen que esperamos encontrar. Al llegar no solo descubrimos el monumento: también descubrimos todo lo que las fotografías anteriores habían dejado fuera.
Cuando la imagen organiza el viaje
Hay un paso más: cuando no solo fotografiamos los lugares que visitamos, sino que los visitamos porque sabemos qué fotografía podremos obtener.
La imagen puede decidir el destino, el alojamiento, la hora de la visita, la ropa o el punto exacto en el que nos colocamos. En algunos lugares se forman colas para repetir una composición concreta mientras otros espacios próximos reciben mucha menos atención. El viaje empieza a organizarse alrededor de lo que podremos mostrar después.
Los influencers de viajes tienen una capacidad evidente para amplificar determinados destinos, pero sería demasiado simple responsabilizarlos de todo. También intervienen los algoritmos, las campañas institucionales, las empresas, los medios y quienes reproducimos esas mismas imágenes. Un estudio publicado en Cuadernos de Turismo analiza precisamente cómo los influencers participan en la construcción de la imagen de los destinos e influyen en las decisiones de viaje. La imagen turística se construye entre muchos actores, aunque no todos tengan el mismo alcance.
El Caló des Moro, en Mallorca, permite observar bien esta dinámica. Una cala pequeña se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles de la isla y también en un símbolo de su saturación turística. El diario balear Última Hora ha documentado momentos de máxima afluencia con miles de visitantes al día, largas colas, accesos colapsados y presión sobre el entorno y los residentes. Nada de eso aparece en la fotografía del agua turquesa entre las rocas que continúa atrayendo nuevas visitas.
Una fotografía viral no masifica por sí sola un lugar. También influyen el transporte, la promoción turística, la oferta de alojamiento y las políticas públicas. El Consejo de la Unión Europea señala que la concentración geográfica y estacional de visitantes aumenta la presión sobre algunos destinos y plantea la necesidad de gestionar mejor esos flujos. La repetición de una imagen puede contribuir a esa concentración: ya no queremos conocer una costa, sino llegar exactamente al lugar desde el que se hizo la fotografía que nos convenció de ir.
¿Habríamos elegido aquel lugar si no hubiéramos visto antes la imagen que queríamos reproducir?
Lo que queda fuera del encuadre
En Koh Phi Phi fotografié el mar y el paisaje, pero recuerdo también la basura y el fuerte olor a orina en algunas zonas. El agua turquesa era real. Los residuos y el olor también. Sin embargo, unas cosas resultaban mucho más fáciles de convertir en postal que otras.
En el Partenón de Atenas, el monumento que aparece en las fotografías también era real, pero mi experiencia estuvo marcada por la cantidad de visitantes. La imagen puede mostrar columnas, piedra antigua y cielo azul. Lo que no siempre muestra es la densidad de personas, el ritmo impuesto por la visita y la dificultad de observar el lugar con calma en medio de tanta gente.

Algo parecido ocurre con la Montaña de los 7 Colores, en Perú. La imagen final suele transmitir amplitud, singularidad y contacto con el paisaje. Pero al llegar, una de las cosas que también forma parte de la experiencia es la acumulación de personas que buscan la misma fotografía, el tiempo justo para hacerse la imagen y la sensación de estar compartiendo un lugar que en las redes parece casi intacto.

Toda fotografía selecciona. Decide qué entra y qué desaparece: las colas, los aparcamientos, los residuos, los trabajadores, las restricciones, el ruido o las personas que conviven cada día con aquel espacio.
El problema no es que una fotografía bonita sea mentira. Es confundir una selección con la realidad completa del lugar y utilizarla después para describir una ciudad, un país o una experiencia entera.
¿Es responsable no compartir una ubicación?
Ante la presión que reciben algunos espacios, cada vez se plantea más si deberíamos dejar de geolocalizar las fotografías. No creo que exista una respuesta válida para todos los casos.
No es lo mismo etiquetar la Torre Eiffel que compartir las coordenadas exactas de una cala pequeña, un espacio natural frágil o un lugar sin servicios suficientes. Tampoco es igual mostrar un monumento preparado para recibir visitas que convertir un barrio residencial o un espacio cotidiano en el nuevo escenario de moda.
No publicar una ubicación no convierte automáticamente una práctica en responsable, igual que publicarla no la hace siempre irresponsable. Como ocurre con muchas decisiones relacionadas con el viaje responsable, el gesto aislado importa menos que el contexto, las consecuencias y las personas que tendrán que convivir con ellas.
Quizá la pregunta no sea solo «¿digo dónde está?», sino: ¿este lugar puede asumir más visitas?, ¿qué comportamiento puede provocar la imagen?, ¿qué información falta? y ¿quién tendrá que convivir con una posible llegada de nuevos visitantes?
Lo que vivimos también queda fuera de las fotos
Algunas de las experiencias que más recuerdo apenas dejaron imágenes. He vivido momentos extraordinarios buceando, pero no tengo una cámara sumergible. Tampoco tengo fotografías de todas las personas que me acogieron en sus casas, me llevaron de un lugar a otro o me ayudaron cuando lo necesité.
No fotografío todos los buenos momentos con mis amigos, los encuentros que se producen de vez en cuando ni las horas de espera en los aeropuertos. No tengo una imagen de la persona cuya intervención fue decisiva para que no perdiera el brazo después de un accidente de tráfico.
Mi archivo tampoco muestra las chinches que he encontrado en algunos alojamientos. Y en un mercado de pescado de Kigoma no hice la fotografía que quería porque me pidieron que no la hiciera.
Cada vez hago menos fotografías de personas en escenas cotidianas y, especialmente, de niños. No porque toda fotografía de una persona sea irrespetuosa, sino porque me pregunto más por qué quiero esa imagen, qué relación tengo con quien aparece y si habría actuado igual en mi propio entorno. Es una cuestión que merece otro artículo: ¿tenemos derecho a fotografiar a todo el mundo cuando viajamos?
Todo eso también forma parte de mis viajes. Las fotografías conservan mejor lo visible, lo bonito y lo compartible que la espera, la ayuda, el cansancio, el olor, el miedo o una conversación. El archivo fotográfico no es el viaje. Es una selección desigual de aquello que pudimos, quisimos o nos permitieron registrar.
Un país no es una fotografía
Ahora entiendo mejor por qué aquella descripción de Bután me incomodó, aunque se pronunciara como un elogio. Decir que un país es fotogénico no explica cómo vive su población, qué tensiones atraviesa, qué relaciones podemos establecer allí ni siquiera qué sentiremos al visitarlo. Explica, sobre todo, que algunas de sus imágenes responden bien a nuestra manera de mirar.
Tampoco significa que debamos dejar de hacer fotografías, evitar los lugares conocidos o sentirnos culpables por querer una imagen bonita. Fotografiar puede ayudarnos a observar, recordar y compartir. La cuestión es no confundir el encuadre con el país ni el contenido que podemos producir con el valor del viaje.
En Setdemón intentamos mantener presente esa diferencia cuando diseñamos y acompañamos viajes en grupo reducido: una imagen puede despertar interés, pero no debería sustituir la complejidad del territorio ni convertirlo únicamente en un escenario.
Un lugar puede ser bello y complejo al mismo tiempo. Puede contener la imagen que buscábamos y muchas otras realidades que no aparecen en ella. Cuando repetimos siempre unas pocas imágenes, podemos acabar reduciendo no solo un país, sino incluso todo un continente: eso ocurre también con la forma en que imaginamos África. Quizá mirar mejor no consista en bajar siempre la cámara, sino en recordar que todo lo que queda fuera también forma parte del lugar.
¿Elegiríamos los mismos destinos si no pudiéramos fotografiarlos ni demostrar después que hemos estado allí?
Fuentes y lecturas
- Procesos cocreativos en la construcción de la imagen de los destinos turísticos: los influencers como actores en la cocreación — Cuadernos de Turismo, 2026.
- Sector turístico — Consejo de la Unión Europea, 2026.
- Caló des Moro, un arenal al límite en el inicio de la temporada turística — Última Hora, 2026.
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Me parece muy interesante el artículo, te hace pensar. Algunas veces damos más importancia a la foto, que al lugar que estamos visitando o la gente con la que estamos, y no disfrutamos realmente de la experiencia. Reconozco que me pasa a mí mismo a veces, y la verdad que leer artículos como éste viene bien para recapacitar
sobre el tema.
Muchas gracias por leerlo y por compartirlo así.
Creo que eso que dices nos pasa a muchas personas. A veces sacamos la cámara casi en automático, como si necesitáramos guardar el momento antes incluso de vivirlo. Y no se trata de dejar de hacer fotos, sino de parar un segundo y preguntarnos qué estamos mirando, cómo lo estamos mirando y qué lugar ocupa la foto dentro del viaje.
Me alegra mucho que el artículo te haya hecho pensar. Al final, abrir este tipo de preguntas ya cambia un poco la forma de viajar.
Me ha parecido un artículo muy interesante y necesario. Me ha hecho reflexionar sobre cómo las imágenes que vemos condicionan nuestra manera de mirar y entender un lugar. La idea de todo aquello que queda fuera del encuadre me ha parecido especialmente potente: un país es mucho más que los paisajes bonitos que mostramos. Viajar también debería ser aprender a mirar más allá de la fotografía y descubrir la realidad, las personas y las historias que hay detrás. Una reflexión muy acertada que invita a viajar con una mirada más consciente.
Qué bien que te haya llegado justo por ahí.
A mí también me parece una idea importante: una foto puede ser preciosa y, aun así, contar muy poco del lugar. A veces incluso nos hace creer que ya entendemos algo solo porque lo hemos visto muchas veces en imágenes.
Y claro, fuera del encuadre queda casi todo: la vida diaria, las contradicciones, las personas, la historia, lo que no queda tan bonito pero también forma parte del sitio.
Gracias por leerlo con tanta atención. Me alegra mucho que el artículo te haya llevado a esa reflexión.