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Viaje responsable: ¿a quién beneficia?

Un viaje responsable no depende solo del alojamiento elegido o de contratar a un guía local. También implica preguntarnos qué genera nuestra presencia, quién hace posible el viaje y cómo explicamos los territorios al regresar. Hablamos mucho de lo que viajar nos aporta, pero bastante menos de lo que dejamos en los lugares visitados y de quién se beneficia realmente de nuestra llegada.

Cinco días por el Mamoré

Durante el viaje de casi dos años que hice por Sudamérica llegué a Trinidad, en el norte de Bolivia. La persona que me alojaba mediante Couchsurfing me dio el contacto del capitán de un barco de mercancías que navegaba por el río Mamoré hasta Guajará-Mirim. No transportaba pasajeros, pero aceptó que me uniera a la tripulación y pagué el trayecto para conocer aquella zona de otra manera.

La travesía duró cinco días, sin una fecha clara de llegada. A bordo éramos unas quince personas: principalmente hombres que trabajaban en el barco, además de algunas mujeres de sus familias y sus hijos. Ellas preparaban la comida y me enseñaban algunos platos. Con los niños pasaba horas jugando mientras los adultos trabajaban, descansaban o atendían las tareas de la embarcación.

Las condiciones a bordo eran sencillas. El váter tenía taza, pero no tenía fondo y todo terminaba directamente en el río. Nos lavábamos con cubos de agua, había cortes de electricidad y los mosquitos me obligaban a encerrarme en el camarote después de la puesta de sol. No lo cuento como una queja: recuerdo aquellos días con más humor y calma que incomodidad.

Cubierta de un barco de mercancías con el río Mamoré al fondo durante la travesía.
La cubierta y el río formaban parte del paisaje cotidiano durante los cinco días de navegación.

Lo que el viaje me daba

Aquel ritmo me permitió descansar después de meses de movimiento constante. Las comidas compartidas, las horas en la cocina, los juegos con los niños y las puestas de sol marcaban los días. En aquel silencio pensé en todo lo que el viaje me estaba aportando: amistades, confianza, ayuda inesperada y recuerdos, además de una sensación de paz que necesitaba poner por escrito.

Cuando recuperé la conexión compartí un texto de agradecimiento. Hablaba de quienes me habían ofrecido una cama, comida, un abrigo, compañía o ayuda sin pedir nada a cambio. Con los años, a aquella gratitud le he añadido una pregunta que entonces no formulé: mientras tantas personas hacían posible mi viaje, ¿qué estaba aportando yo a sus vidas y a los lugares por los que pasaba?

Nubes reflejadas en las aguas del río Mamoré durante la travesía en barco.
Durante cinco días, el paisaje y el ritmo del río marcaron el paso del tiempo.

Cuando la transformación se vende

Los viajes pueden cambiarnos, pero eso no significa que la transformación personal pueda garantizarse. Me genera desconfianza que se venda como un resultado: volveremos distintos, saldremos de nuestra zona de confort o aprenderemos una gran lección. Nadie puede saber de antemano qué sentirá una persona, qué comprenderá durante el viaje ni cuánto durará esa supuesta transformación al regresar.

La travesía por el Mamoré me afectó por unas circunstancias concretas, no porque alguien la hubiera diseñado para transformarme. El problema aparece cuando el territorio, la cultura o las personas se convierten en herramientas para el crecimiento del visitante. Un viaje responsable no debería pensar únicamente en lo que se llevará quien viaja, sino también en qué implica su llegada y qué relaciones crea.

Las decisiones no lo resuelven todo

En mi primer viaje a la India, en 2005, contraté directamente una agencia receptiva del país. Después empecé a organizar muchos viajes por mi cuenta, utilizando transporte público, autostop, Couchsurfing y alojamientos sencillos. Durante años pensé que acercarme a la vida cotidiana, reducir intermediarios y gastar en pequeños negocios hacía que mi forma de viajar fuera necesariamente más justa.

Muchas de esas decisiones siguen teniendo sentido, pero no garantizan un turismo responsable. Una empresa local puede pagar mal, un alojamiento familiar puede contribuir a transformar un barrio y un guía del territorio puede trabajar sin capacidad de decidir. Al diseñar nuestros viajes en grupo, intentamos preguntar quién gestiona cada servicio, quién trabaja, en qué condiciones y qué parte del dinero permanece en el territorio.

Detrás de cualquier experiencia hay personas que conducen, cocinan, limpian, reparan vehículos o coordinan horarios. También hay residentes que no trabajan en turismo, pero conviven con sus efectos. La OCDE señala que la sostenibilidad turística necesita la participación de las comunidades locales, atendiendo a sus necesidades, intereses y valores, y evitando impactos como el desplazamiento de residentes o la mercantilización de la cultura.

Reciprocidad, dinero y poder

Con Couchsurfing me preguntaba cómo podía devolver lo que recibía. Cocinaba, ayudaba en casa o compartía tiempo con la persona que me acogía, pero dudaba de si era suficiente. Con el tiempo entendí que la reciprocidad también puede consistir en escuchar, acompañar, interesarse por el otro o mantener el contacto. No todo intercambio necesita una equivalencia material, aunque tampoco deberíamos dar por supuesta la generosidad ajena.

En un viaje a Marrakech regateé mucho para comprar un puf. Quería demostrar que no era una turista ingenua y me sentí orgullosa cuando el vendedor me dijo que era una negociadora dura. Con los años revisé aquella escena: desconocía el coste del producto y el margen habitual, pero entré en la conversación convencida de que intentaban engañarme y decidida a pagar lo mínimo posible.

Negociar un precio no es necesariamente abusivo. El regateo forma parte del comercio en muchos mercados, mientras que el precio fijo se extendió con las nuevas formas de venta y los grandes almacenes del siglo XIX. La cuestión es desde qué posición negociamos: no es lo mismo buscar un acuerdo que convertir la compra en una competición o asumir que una persona debe cobrar poco porque su país nos parece barato.

Calle y puestos del zoco de Marrakech con productos expuestos.
Fue en este entorno donde, años atrás, viví el regateo como una pequeña victoria. Con el tiempo, empecé a revisar desde qué posición había negociado.

Viajar no es una misión solidaria

Hacernos estas preguntas no significa que cada viaje deba convertirse en una misión solidaria. Viajamos para descansar, conocer patrimonio, comer, contemplar paisajes o cambiar de rutina. Tampoco podemos investigar toda la cadena económica de cada servicio, y no todo el mundo dispone del tiempo, el dinero, el pasaporte o la flexibilidad necesarios para viajar despacio, improvisar o elegir siempre la opción ideal.

La responsabilidad tampoco puede recaer únicamente en quien viaja. Empresas, plataformas y administraciones tienen mucha más capacidad para ordenar el turismo y repartir sus beneficios. Pero no poder controlarlo todo no obliga a ignorarlo todo. El viaje responsable no consiste en ser viajeros perfectos, sino en tomar decisiones más informadas, reconocer nuestros límites y revisar las contradicciones sin juzgar a quien viaja de otra manera.

El contacto no se nos debe

Relacionarme con las personas que viven en el lugar es una de las partes que más valoro de viajar. Pero no tienen la obligación de hablar con nosotros, explicarnos su cultura, invitarnos a casa, dejarse fotografiar o hacernos sentir que hemos conocido la realidad local. La relación con la población local puede ser valiosa para ambas partes, pero no se nos debe ni existe para completar nuestra experiencia.

Incluso la búsqueda de lo que llamamos autenticidad puede convertirse en una exigencia. Esperamos hospitalidad y proximidad porque queremos regresar convencidos de que no hemos sido simples turistas. Una relación puede ser sincera, pero también está atravesada por diferencias de dinero, movilidad y poder. Nosotros podemos marcharnos; las personas del lugar continúan viviendo allí y conviviendo con los efectos del turismo.

Lo que decimos sobre los demás

La frase «no tienen nada, pero son felices» convierte una impresión breve en una afirmación sobre la vida de otras personas. No sabemos qué tienen, qué les falta ni qué desean porque nos hayan sonreído. Resulta aún más contradictorio añadir que «móviles y televisiones no les faltan»: primero decidimos cuáles deberían ser sus necesidades y después juzgamos en qué gastan sus recursos.

Es muy distinto hablar de lo que yo valoro en mi vida que decidir qué debería valorar otra persona. Podemos hablar de lo que vimos, de cómo nos sentimos o de una conversación que nos impresionó, pero no presentar una observación limitada como si definiera toda una vida. Nuestra experiencia en un país es una mirada parcial, no una autoridad para interpretar la felicidad, las prioridades o las aspiraciones de quienes viven allí.

Quién observa y quién explica

Esta forma de interpretar a los demás tiene una historia. Algunos primeros antropólogos europeos, como Tylor o Frazer, elaboraron teorías sobre sociedades con las que no habían convivido, basándose en relatos de viajeros, misioneros y funcionarios coloniales. Malinowski impulsó después el trabajo de campo y la observación participante: convivir, observar la vida cotidiana e intentar comprender las prácticas dentro de su contexto.

Aquel cambio fue importante, pero no eliminó la desigualdad: el investigador seguía decidiendo qué observaba, cómo lo interpretaba y qué publicaba. Un turista no es un antropólogo colonial, pero puede reproducir una asimetría parecida cuando conserva el poder para fotografiar y explicar. El relato de viaje también puede convertir a una persona en personaje sin dejar espacio a su voz ni a su interpretación.

Qué podemos cambiar

Un viaje responsable no necesita una fórmula perfecta. Podemos preguntar quién gestiona el alojamiento, trabajar con proveedores locales que expliquen sus condiciones, interesarnos por quién diseña las actividades y evitar convertir el regateo en una batalla. También podemos aceptar que las personas quieran relacionarse con nosotros o no, y que sus prioridades sean distintas de las que habíamos imaginado antes de llegar.

No se trata de decidir qué es mejor para un territorio sin contar con quien vive en él. Se trata de escuchar más y entender que «local» no es una garantía automática. Las buenas intenciones son insuficientes si no van acompañadas de preguntas sobre propiedad, empleo, capacidad de decisión, participación en las actividades y reparto de los beneficios que genera el turismo.

La responsabilidad continúa cuando regresamos. Podemos decir «esto es lo que yo vi» en lugar de afirmar que todo un país es hospitalario, feliz, caótico o pobre. También podemos explicar que una experiencia nos gustó y, al mismo tiempo, nos generó dudas. En Setdemón intentamos aplicar esta mirada a los servicios, las actividades y la forma en que presentamos los territorios y a quienes viven en ellos.

¿A quién beneficia el viaje?

Es lógico que viajar nos aporte descanso, curiosidad, placer o aprendizaje. El problema aparece cuando consideramos que ese beneficio es el único importante. Tal vez nunca podamos calcular dónde termina cada euro ni qué significó cada encuentro, pero sí podemos dejar de ver a los demás como una parte del producto que hemos comprado para sentirnos acogidos, inspirados o transformados.

Un viaje responsable no exige renunciar al disfrute ni convertir cada decisión en un examen moral. Exige ampliar la pregunta.

Cuando explicamos todo lo que un lugar nos ha dado, ¿también no preguntamos qué hemos dejado, quién se ha beneficiado de nuestra presencia y qué piensan quienes hicieron posible el viaje sobre nuestra manera de llegar, observar, relacionarnos y contar lo vivido?

Fuentes y lecturas

  • Participación de las comunidades locales en la sostenibilidad turística — OCDE.
  • Nuevas formas de venta y grandes almacenes en el siglo XIX — Museo del Traje, Ministerio de Cultura.
  • Trabajo de campo y observación participante — Universidad de Cantabria.

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